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Bibliografia Iberica


Part II

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II
Cerro de los Santos, en Montealegre (Albacete)

        Estas ya célebres ruinas se encontraban (1) en la finca «El Cortijo de los Santos» en el Cerro del mismo nombre, sobre el largo valle conocido con el nombre de Cañada de Yecla. En antiguos tiempos corría a los pies del Santuario caudaloso río y lo rodeaba sombrió y espeso monte, poblado de fieras y abundante caza. Hoy apenas humedece el suelo escasísima corriente de agua y no existe un solo árbol.
        Situado este cerro a los 38° 45' latitud N. y 2° 26' longitud E. del Meridiano de Madrid a unos siete kilómetros al Sur de Montealegre, mide 182 metros de largo, 84 de ancho y 27 de altura; está sobre el nivel del Mediterráneo en Alicante a 750 metros.
        Está formado por piedra caliza y arena y una capa vegetal de los detritus de la antigua floresta. Al Norte y a 3 kilómetros levántase la sierra de Mediabarba, llamada así por formar un anfiteatro o herradura y al Suroeste y a otros 3 kilómetros el Monte Arabí, que conserva hermosos pinares y monte bajo, única excepción de vegetación en estos lugares.
        La parte superior del cerro forma una pequeña planicie y al Norte de ella estaba construído el templo, que fué de forma rectangular, de 20 metros de longitud por 8 de latitud. Su suelo fué de mosaico y sus muros de piedra sillar, adornada de bronce y plomo, conteniendo en su interior diversas esculturas de diferente escuela.
        Su porte y situación reunía todas las condiciones para que lo consideremos como una acrópolis. Al Norte y bajo él estaba situado el poblado en el lugar conocido hoy por «Las Zorreras», en el que también se encuentran ruinas neolíticas.
        El templo del Cerro de los Santos estuvo en su origen dedicado a un culto ibérico y por los iberos fué construído. Fuéronse luego admitiendo en él los diversos ritos de los distintos pueblos que lo ocuparon; éstos cultos mixtificados por el tiempo y corrompidos formaron uno solo, con las más variadas ceremonias, recuerdos de varias religiones, siendo muchos los dioses que allí se adoraron.
        Grandes riquezas debió reunir y gran número de exvotos debió guardar, y esto nos explica las muchas estatuas y piezas de cerámica que en unión de bronces y armas se han encontrado en estas ruinas. Todas las estatuas encontrades en este lugar son votivas.
        Durante la dominación de los romanos fué adoptado por ellos, pues era su norma siempre imponer su ley al vencido; pero hacer suyos sus dioses y rendirles pleitesía, aun con preferencia a los nacionales, sabia política que les dió magnífico resultado.
        Al declarar Constantino la religión cristiana la del Estado, fuerte golpe sufrió el Santuario del Cerro de los Santos, que ya contaba con pocos adeptos, merced a la predicación de la fe de Cristo, y fué herido de muerte para no revivir jamás en el año 399, en que en las leyes de Arcadio se mandaba destruir todos los templos gentiles de campos y ciudades, según descripción de D. Aureliano Fernández Guerra (2).
        Un furor santo entregó aquel templo pagano al fuego destructor y aún hoy se conservan las huellas del incendio y se han encontrado grandes masas de plomo derretido.
        Después de destruído, tal vez se declararía maldito el lugar que ocupó, y por esto han llegado hasta este siglo todos los tesoros arqueológicos conque se ha enriquecido nuestro primer Museo.
        Muy antiguo debe ser el nombre dado a la colina sobre la cual estaba este templo de que hablamos, pues ya en el siglo XVI se le conocía con el nombre de Cerro de los Santos, según aparece en un deslinde de los términos de Yecla y Montealegre hecho en esa época, cuyo documento original posee el autor de este trabajo; y a pesar de esto (pues es indudable que santo se refiere a estatua), en le relación de las antigüedades de esta comarca que dieron los vecinos de Montealegre y Yecla en 21 de Diciembre de 1579 y 20 de Marzo de 1575 a Felipe II nada se dice de estas ruinas, y tampoco has menciona Lozano en su obra Batistania y Contestania, impresa en Murcia en 1794.
        Las primeras noticias que se tienen de las antigüedades del Cerro son de 1860, por comunicado que dió el 28 de Julio a la Academia de San Fernando el vecino de Corral Rubio, D. Juan de Dios Aguado y Alarcón, de haber encontrado en él cimientos de un templo y varias estatuas, y hasta el 1871 nada se vuelve a saber; en este año practica exploraciones con ánimo de lucro Amant, relojero de Yecla, y descubre multitud de imágenes y fíbulas que vendió al Estado, cuyas relaciones de las compras heches pueden verse en los libros del Museo Arqueológico Nacional.
        Estos descubrimientos dieron lugar a las excavaciones llevadas a cabo por los reverendos Padres Escolapios de Yecla, que dieron excelente resultado, y formaron un pequeño Museo en su Colegio con los objetos allí encontrados.
        En el año 1873 fué comisionado Paulino Sabirón por el Ministro de Fomento para hacer trabajos de descubrimiento en el Cerro de los Santos, lo que practicó con éxito, volviendo por otras dos veces a la rebusca arqueológica con igual resultado.
        Con todo lo por él encontrado y con lo descubierto por Amat, se fundó una Sala en el Museo Arqueológico Nacional, compuesta de estatuas enteras y fragmentarias, mosaicos, armas, cerámica, lucernas e idolillos de bronce y con los residuos de plomo y otros objectos y monedas.
        Las esculturas encontradas en este Cerro, hoy existentes en el Museo Arqueológico Nacional, representan hombres y mujeres; la mayoría sostienen en la mano un cáliz o copa, que representa el acto de la ofrenda; animales fantásticos y reales y seres inanimados como un obelisco, un reloj de sol, una nave, esfinges, etc., etc., sumando toda la colección 271 entre esculturas enteras y fragmentarias; además existen otras muchas en poder de particulares.
        La principal de todas, que luego describiremos, lleva el número 3500 del catálogo y ha sido reproducida infinidad de veces por dibujos, fotograffías, grabados y vaciados en yeso.
        La colección está dividida en dos grupos: unas consideradas como auténticas y otras como falsas, señalándose entre las primeras 207 piezas y entre las segundas 64 poco más o menos. Existen, además, unos 60 objetos de cobre, entre anillos, fíbulas diversas, toritos, etc., etc., bastantes armas de hierro, grapas de plomo y trozos fundidos por la destrucción del templo en tiempo de Teodosio, aparte de otros restos de este mismo cataclismo, dos medallones, uno grande y otro más pequeño, con asunto griego, y de cerámica, algunos bajorrelieves de barro, baldosines romboidales, lámparas, moldes, vasito, copas iguales a las de las esculturas, platos, orzas, etc., etc., y mosaicos blancos y negros. También entre estos objetos hay algunos tachados de falsos, entre otros un vaso ovoide con figuras, un vaso con un rostro e inscripción, una lucerna y los dos medallones de bronce.
        Todas las inscripciones, que han dado no poco que hablar y que llevan muchas esculturas, son consideradas como apócrifas.
        Suma total de la colección: 675 piezas; se creen falsas 225.
        La estatua principal, antes citada por su belleza y perfección, merece descripción detenida y nada mejor que copiar las palabras verdaderamente sabias del gran arqueólogo español y director del Museo Arqueológico Nacional, D. José Ramón Mélida, en su obra Esculturas del Cerro de los Santos (Cuestión de autenticidad).
        «El tamaño de la figura---dice---es poco menos que el natural, pues mide, sin el plinto, 1,15 metros. Su rasgo característico es la solemne quietud con que hace la ofrenda de una copa o vaso del tipo del olpe, sin asa, tipo de vaso oriental que hallamos entre los objetos anteroromanos descubiertos en Costig (isla de Mallorca) con unas cabezas de toro en bronce, todo ello existente en el Museo Arqueológico Nacional. Sostiene dicha copa entre las dos manos, sobre el cuerpo, a la altura del vientre. Viste tres túnicas cuyos bordes escalondos son visibles por abajo y por el cuello. La primera y más corta ofrece unas rayas como indicando franjas en sentido oblicuo hacia el medio, que queda liso; lisa por completo es la segunda; y la tercera, que cae sobre los pies, calzados por cierto con zapatos cerrados, forma menudos y simétricos pliegues, que por comparación bastante exacta con la conocida Hera de Samos, existen en el Louvre, dejó entender a M. Heuzey que no se trata, cual se pensó, de una interpretación de fleco a la manera asiria, sino interpretación de la «túnica de lino, la calarisis egiptojónica», siendo admisible, en opinión del eminente arqueólogo, que las obras griegas, más o menos mitigadas, comenzaron a ganar desde el siglo V muchos puntos del Mediterráneo y se propagaran más y más a medida que el contagio de la vida helénica fuera haciéndose dominante en el mundo antiguo. El cuello, bastante cerrado, de esta túnica, se abrocha con un pasador que guarda por sus lados una misma posición, y de cuya clase de imperdibles de bronce, recogidos en muchos puntos de España, abundan en nuestro Museo los ejemplares, muchos de ellos idénticos al de la estatua. Completa esta su vestidura con un manto o gran velo rectangular que desde los hombros viene formando en la caída de sus bordes el plegado simétrico, conforme al sistema griego arcaico de que nos ocupamos a su tiempo, y lo mismo de los extremos que caen de los antebrazos sobre el vientre. Dichos pliegues están formados por líneas rectas en zigzag, contrastando con los pliegues laterales confluentes hacia el codo, indicados por líneas curvas. A sus cuatro extremos lleva esto manto sendas bellotas o glandes. Este detalle y el citado pasador, comparable a los de la Galia y de Etruria, estímalos M. Heuzey de moda oriental o bárbara. La cabeza se adorna con una complicada y lujosa diadema, obra delicadísima de orfebrería, compuesta de un frontal que se adapta al cráneo y ofrece en dos series una labor de líneas ondulantes y un festón de bellotitas sobre una especie de fleco de hilos ondulados; a los extremos sendos rosetones que recuerdan motivos de la ornamentación oriental y dos los que parten golpes de cadenillas acabadas en bellotas o glandes que llegan hasta los hombros y casi cubren dos discos, y entre estas caídas y el rostro aparecen otras cadenas, más gruesas y dobladas, que bajan hasta el pecho, como las que llevan las mujeres argelinas. Pero lo que es más digno de notar es que este tocado guarda semejanza con los de cadenilla de oro recogidos por Schliemann en la Troade, según se hizo constar en el catálogo del Museo. Completa el adorno un pectoral formado por tres gruesas cadenas, separadas por un tejido de labor de canutillos, formando picos contrapuestos, y por terminación, una serie de bellotas como en la osk egipcia. En los dedos índice, anular y meñique de la mano izquierda lleva sortijas, la segunda en la primera falange. Tal fué la costumbre mencionada por Plinio y comprobable observando figuras orientales o etruscas.
        En cuanto al estilo, el hieratismo se manifiesta en la rigidez solemne, en el paralelismo, en la quietud física con que esta mujer bastetana hace su ofrenda, la ofrenda de la bebida antes de la libación, como dice M. Heuzey, revestida de sus ricas ropas y fastuosos adornos como una princesa. Su rosto está sereno y grave. La expresión es triste. A ello contribuyen los ojos por la exagerada elevación de los párpados superiores y por estar sus vértices exteriores inclinados hacia abajo, y la boca, que es un todo semejante a las de las demás cabezas en el Cerro encontradas, por tener caídas las cosmisuras de los labios. Las manos se arquean, aunque tímidamente, para coger la copa, y los dedos tienen indicadas las uñas. Tanto en las facciones como en los adornos son evidentes las interpretaciones y las minucias sistemáticas arcaicas al lado de los conatos de realismo, adivinándose la fluctuación y la timidez de los artistas bastetanos. En conjunto, hay en esa estatua, y en ello está su mérito, una grandiosidad y una cierta elevación religiosa que la señala como obra maestra en la escuela que estudiamos.
        Basta el simple examen de la figura para comprender que responde a un tipo consagrado. De sacerdotisa la creyó el Sr. Rada. De oferente tan sólo se ha considerado después y habremos de considerarla nosotros, y en verdad que en este punto son de notar ciertas figurillas de bronce, de las cuales nos ocupamos hace tiempo, caracterizadas por análogos tocados y joyas, por ir veladas con el manto, y que acaso responden, como ya indicamos, a una costumbre practicada en los centros de culto por quienes creyeron recibir de las deidades el gran beneficio de la salud.
        Extensa es la literatura del Cerro de los Santos, siendo muchos los libros y artículos que de él se han ocupado; unos y otros son difícil de adquirir, sobre todo, y aunque parezca mentira, los trabajos españoles, porque han sido escritos en periódicos que han dejado de publicarse hace tiempo y por haberse hecho muy pequeñas tirades de las Memorias referentes a esta asunto ....debido, y vergüenza da decirlo, al ningún interés que por estos estudios se siente en este país.

End notes:


1. Decimos se encontraban, porque hoy no quedan vestigios de ellas después de las exploraciones y excavaciones practicadas. Back

2. Contestación al discurso de recepción del Sr. Rada y Delgado en la Real Academia de la Historia. Back




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